Rabí Amnon de Maguncia, Alemania, nos legó hace aproximadamente mil años la plegaria Untane Tokef, después de pasar por terribles sufrimientos. Nos dice que la teshuvá -el arrepentimiento-, la tefilá -la plegaria-  y la tzedaká – la solidaridad caritativa que hace justicia-, remueven y anulan un decreto negativo.

 Teshuvá no sólo significa "arrepentimiento", sino también "el regreso"  a nuestras raíces, a nuestra fe, a nuestra gente, a nuestra historia. Nos pregunta si somos capaces de romper con nuestra rutina, para permitirnos vivir plenamente como judíos.

 Tefilá es la oración que permite nuestro diálogo con Di-s. Hablamos, pero también escuchamos la voz de Di-s reflejada a través de las plegarias milenarias de nuestros antepasados. Imploramos lo que queremos, pero pedimos que Él nos enseñe lo que verdaderamente necesitamos. No siempre nuestras necesidades coinciden con nuestros deseos. La vida trasciende lo material. Lo que poseemos es muy importante, pero lo que hacemos y lo que aspiramos a ser, es fundamental. 

Tzedaká es el bien que hacemos por los demás. Es no permanecer indiferentes ante la carencia y el sufrimiento del otro, tal como no querríamos que el otro sea indiferente a nuestras necesidades. Es ser proactivos para lograr que nadie sufra. Es luchar por una mejor distribución. Somos también lo que damos al prójimo. Al cercano y al lejano.

Pedimos por la vida, para poder vivir cada minuto como si fuera el último.

¿Seremos capaces de apagar el celular y la computadora, para unirnos a los seres que queremos y brindarles nuestro tiempo? ¿Podremos  vivir el Shabat, sin pensar en las tareas que dejamos pendientes? ¿Nos animaremos a renunciar  a algo de lo que nos sobra y revisar como desperdiciamos lo valioso para poder responder con tranquilidad y paz cuando nos pidan dar cuenta de lo que la vida nos regala?

Yom Kipur – cuando nos abstenemos de comer y beber y al placer físico, calzamos zapatos con suela sin piel y vestimos una prenda parecida a un sudario, nos permite preguntarnos ¿qué he hecho durante el último año que realmente valiera la pena y dejara un sello indeleble de nuestras acciones?

Después de las preguntas sinceras, del arrepentimiento profundo, de la oración, del compromiso con quien sufre, podemos pedir por un año  para crecer, para orar y para brindarnos y  dar. 

Que el Todopoderoso nos bendiga, junto a nuestras familias y al pueblo judío, en todos los países y en Israel, inscribiéndonos en el Libro de la Vida. 

 
 


El nombre Rosh Hashaná, no figura en la Torá, tampoco Iom Hadín – el Día del Juicio. La Torá nos habla del primer día del séptimo mes, que no suena muy indicado para iniciar un año, sino más bien, para hacer los balances de la mitad del ejercicio. Sin embargo, en Babilónico, Rosh Hashaná 8ª, se determina que el versículo de Salmos 81:4 “Tocad el shofar cuando la luna está oculta, en el tiempo señalado, en el día de nuestra fiesta solemne” que se complementa con el siguiente: “Porque estatuto es de Israel, ordenanza del Señor de Jacob”, consagran al primer día del séptimo mes, como Día de Juicio, amparándose también en el versículo de Deuteronomio 11:12 “Tierra de la cual H’ tu D’s cuida: siempre están sobre ella los ojos de H’ tu D’s, desde el principio del año hasta el fin de él”. De allí que a principio de año se sabe lo que sucederá a su finalización. 
Dos tragedias sucedidas a fines del mes de av, demuestran el principio de la causalidad que puede permitir prever los acontecimientos del futuro. Una, la de Bagdad, cuando más de mil personas murieron al cruzar el puente, espoleados por la amenaza terrorista y la otra la de la ciudad de Nueva Orleáns, espacio en el que en momentos de escribir estas líneas aún no se sabe la cantidad de muertos. Ambas desventuras hubieran podido ser evitadas si se hubiera visto con tiempo que las negligencias criminales se pagan en algún momento con la vida de seres inocentes. “Desde el principio del año”..., se hubiera podido actuar de otra manera y se hubiera evitado pasar por el Día del Juicio con un balance tan terrible. 
El shofar, que servía en la antigüedad como instrumento militar, alertaba la cercanía del enemigo y se usaba para ordenar que las huestes avancen. El shofar sirve en nuestros días para despertarnos del letargo en el que nos encontramos sumidos por la rutina, cuando actuamos sin ver al inicio de cada acción lo que la misma puede depararnos con los años. Así, hay quienes fuman, porque las consecuencias del cigarrillo no son inmediatas. Si se produjera el enfisema o el cáncer con la primera bocanada, nadie encendería un cigarrillo. Pero, los fumadores no ven y no sienten lo que sucede al final, por más que en los envases haya una leyenda de prevención decidida por las autoridades sanitarias, que tampoco ven, que si prohibieran el tabaco, pese al inmediato dolor por dejar de recibir los fondos de los impuestos que aportan a la economía, la misma no tendría que pagar los gastos hospitalarios sinfín, del tratamiento de los enfermos. 
Lo mismo sucede con las acciones de cada persona consigo misma, con su prójimo y con D’s. Aprendimos de niños que cada gestión genera una reacción, y toda conducta tiene sus resultados, aunque por lo general no somos concientes de ellos, ni de cuando se producirán, ni acerca de los efectos que puedan tener para nuestra vida material y espiritual. Si pensáramos en el resultado ante cada acción nuestra vida sería mucho más placentera. Valga sólo como ejemplo lo que sucede cuando escribimos un e-mail hablando mal de una persona, los resultados previsibles indican que nunca sabremos quien recibirá copia ni quien oirá los epítetos no reproducibles, sin embargo no cuidamos la lengua de la maledicencia y del chisme. Ahora ya sabemos que lo que se dice aquí, se oye allí, y que todas las letras se anotan en un Libro lejano y se guardan en la Memoria. 
Los ojos de H’ se posan sobre la Tierra de Israel no porque sea mejor que la de Egipto, sino porque es dependiente de la acción de sus habitantes. Debe guardarla de las torpezas y los errores. Se posa en la iniciación del año, en el principio del mes hebreo, cuando la luna está oculta, casi eclipsada antes que percibamos su luz reflejada hacia nosotros, y ve a través de nuestra oscuridad los efectos de cada acción con claridad meridiana. En esto no hay trampas. No podemos, como reza el ahora proverbio, sumergirnos en aguas puras y cristalinas llevando alimañas y roedores asidos en la mano. No sirven los baños de pureza sino son precedidos por conducta limpia. 
Israel desunida es una fórmula para su sufrimiento. Insensibles al dolor ajeno, nos preparamos para que el otro sea indiferente al nuestro. Si no construimos una buena base ejemplar en la educación de nuestros hijos, los condenamos a la enajenación. Si seguimos dioses con pies de barro, se caerán sobre nosotros como el Golem arrastrándonos al fango. 
Los versículos de Deuteronomio 11: 13 y siguientes nos hablan también de esa relación de causalidad: “Y será que, si obedeciereis cuidadosamente mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a H’ vuestro D’s, y sirviéndolo con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, Yo daré la lluvia de vuestra tierra en su tiempo, la temprana y la tardía; y cogerás tu grano, y tu vino, y tu aceite. Daré también hierba en tu campo para tus bestias; y comerás, y te hartarás.” Esa es la condición. Cumplir y obedecer los mandamientos. Cumplimiento que no se puede reemplazar por otras acciones, ni siquiera aquellas que parecen piadosas, tanto como que los desodorantes bucales no pueden quitar el olor del tabaco de los fumadores. No hay casualidades. Hay causalidad. 
Rosh Hashaná, se acerca con el sonido del shofar para decirnos que el Día del Juicio no es solamente al inicio del séptimo mes, sino, en cada instante en que actuamos o hablamos, pero, que ese día largo de 48 horas, nos permite tratar de ver sus consecuencias y nos brinda una rara oportunidad de cambiar el rumbo para modificar los resultados. Por eso, pedimos con nuestras últimas fuerzas: Zojrenu, recuérdanos para la vida, Rey que deseas la vida, e inscríbenos en el Libro de la Vida. 

"זכרנו לחיים מלך חפץ בחיים וכתבנו בספר החיים למענך אלקים חיים"

 
 
Elul y las Selijot
 

"Un caballo seguirá siendo equino, aún si se colocara los tefilín todos los días" Rabino Adin Steinsaltz

Escribo estas líneas en menajem av, cuando no se secaron las lágrimas por la destrucción de lo más sagrado, derramadas sin pedir permiso en la explanada del cotel y que se unieron en silencio con las de todos aquellos que percibieron el significado de las fechas, donde fuere que se encontraban a esas mismas horas. Allí en el cotel, uno se encuentra unido a todos aquellos que se duelen de la destrucción, quienes serán los únicos que tendrán la categoría de alegrarse con la redención.

Av y elul, parecen unirse, proponiéndonos reflexionar sobre nuestras acciones, nuestro destino, y el lugar de nuestro pueblo. No en vano, hay un midrash del que se aprende que la teshuvá, el arrepentimiento por las faltas cometidas, debe comenzar en aries y no siquiera esperar el mes siguiente, elul que es el último antes de rosh hashaná. Así como del duelo del 9 de av, nos levantamos esperando se cumplan las profecías de reconstrucción total y redención de Israel a nuestros ojos, cortando el duelo y llegando al 15, que es una jornada descrita en el Talmud como "día especialmente bueno", elul no debe vivirse con melancolía, ni con llantos ni con lamentaciones. elul es y debe sentirse como un mes de vida y vitalidad. No puede ser de otra manera, en el mes cuyo acróstico es "yo soy para mi amado y mi amado es para mí", frente al cual el profeta Malají nos previene 3:14 "… ¿y qué aprovecha que guardemos su ley, y que andemos tristes delante del altísimo de los ejércitos?"

Después de las respuestas que debemos darnos diariamente, para entender los límites de nuestra propia dimensión, tal como aparecen en el devocionario: "¿qué somos, qué es nuestra vida, qué es nuestra bondad, nuestra generosidad, nuestro poder, nuestro coraje, nuestra valentía?, debemos preguntarnos: ¿cuál es nuestro rumbo? ¿cuál es nuestro objetivo? ya que las respuestas sinceras, nos permitirán que diseñemos hacia dónde dirigir nuestra existencia y elegir el mejor rumbo y los medios más eficientes.

Su respuesta nos brinda la oportunidad de humanizarnos en elul, y diseñar hacia dónde dirigir nuestra vida. Cuando encontramos nuestro sentido, podemos darle sentido a nuestras acciones. En este contexto la teshuvá, adquiere otra dimensión. Uno de los grandes de nuestra época, el rabino Adin   Steinsaltz, expresa una frase ilustrativa y exacta: "un caballo seguirá siendo caballo, aún si se colocara los tefilín todos los días, ni siquiera esa acción lo convertirá en un caballo sagrado", queriendo decirnos, que el cumplimiento mecánico de los preceptos no hace la diferencia entre un hombre y un ser inferior.  La diferencia, está en el objetivo. En el sentido. La verdadera teshuvá debe iniciarse por la búsqueda del sentido.

Pero, el sentido no se logra sin esfuerzos. En realidad no se logra sin tomar la decisión concreta de encontrarlo.  

El primer paso para encontrar un objetivo en la vida es diseñarlo, bosquejarlo, afinarlo, escribirlo, encuadrarlo, depurarlo, limarlo, afilarlo. No es un fenómeno externo. No se logra por herencia. No se copia del Internet. No cae del cielo. La oración ayuda. La intención coopera. La educación conjuga. Pero, solo la voluntad personal e individual permite su diseño. Es la búsqueda de la totalidad. Sólo en esa categoría uno se humaniza. El caballo, noble bestia, criatura distinguida y bella, seguirá el destino que otros le impongan, con riendas, mordazas, latigazos y rebencazos. O, se perderá sin rumbo por las campiñas en búsqueda de un poco de pastizales, hasta que después de su último día se convierta en carroña que nadie admirará ni recordará. Sin sentido vivió, sin sentido murió. Tras su muerte – la nada-.

Cuando uno se fija los propios objetivos, se permite soñar. Avanzar. Subir. Y quien sube, encuentra en su propia ascensión fuerzas para aspirar a más. Si sabe donde está la cumbre, tiene posibilidades de alcanzarla, por más lejana que parezca. Lleva con alegría su mochila y su equipaje, sus alimentos y su agua. Cuando comienza a escalar, saca fuerzas de flaqueza y avanza. El alpinista decidido, no se conforma en la elección de la cumbre, ni se le ocurre auto-engañarse. No le importa la conquista sin esfuerzo. Su mérito reside en el placer de poder marchar contra viento y marea.

Hay algunos escaladores que en momentos de flaqueza, se dejan vencer por el hambre, por la sed, por la soledad. Se dejan derrotar por las inclemencias del tiempo y a veces por las burlas de los que dicen ser sus amigos. Pero, cuando tienen en claro cual es su destino, se recomponen, rearman sus equipos, el espiritual, el psicológico, el bagaje que tienen que llevar y vuelven a intentarlo. Con comprar, alquilar o fabricar los equipos y las cuerdas, piolet, y crampones, no suben un centímetro, pero, sin ellos, tampoco se puede escalar.

Si nos dedicáramos nada más que a escarbar minuciosa y pacientemente cada falta, y si incluso las alcanzáramos a enmendar a todas o a la mayoría, sin ver el objetivo de nuestro pasaje por el mundo terrenal, podríamos entregar un balance positivo por el accionar, pero, nos faltaría lo más esencial, saber hacia donde nos dirigimos y a que distancia nos hayamos del objetivo vital.

 

En elul se abren los caminos para llegar a la altitud celestial, allí nadie es rechazado. al contrario, quienes traían un equipo pesado, lleno de materiales inservibles, de experiencias fallidas, de errores y caídas, con todos sus rasguños y fracturas, son recibidos con muchos méritos, ya que habían probado otras sendas en la búsqueda, antes equivocada de un destino mejor.

 No se puede cargar el equipo con tristeza ni pensando en que las metas no se van a lograr. Ese no es el camino. La senda debe estar colmada de alegría desde el primer día.

Cuando madruguemos a decir selijot en elul, y comencemos nuevamente a oír el sonido del shofar, revisemos nuestras acciones, limpiemos nuestros equipos de lo superfluo, borremos las experiencias equivocadas y los caminos del mapa que no nos llevaron a nada y con alegría, rediseñemos nuestro objetivo y así lograremos la teshuvá que nos acerque al inicio de un nuevo año, en el que podamos, humanizados, cumplir con la voluntad de nuestro creador.

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